Las figuras de la baraja eran monigotes: un torso rectangular, una cabeza redonda con dos puntos por ojos y la misma cara en las doce cartas, recoloreada por palos. El caballo parecía una jirafa subida a una mesa. Se han vuelto a dibujar enteras.
Ahora el rey y la sota de un mismo palo son dos personas distintas -el rey con barba y melena, la sota lampiña y joven-, cada uno con su ropa de dos colores y su gesto, y el caballo va montado en un caballo con cuello, grupa, corvejones y crin. Las caras tienen cejas, párpados, nariz y labios; las telas, pliegues y sombra de tramado, como en un grabado.
Los palos también se han redibujado como los objetos que son: el oro es una moneda acuñada con el canto estriado, la copa un cáliz con su pie y su nudo, la espada una hoja con vaceo y gavilanes, y el basto una rama con los muñones de las ramas podadas. En las cartas de número, espadas y bastos se cruzan como en una baraja de verdad, y las copas ya no aparecen boca abajo en la mitad de abajo.
La baraja francesa recibe el mismo tratamiento: sus reyes, damas y sotas son de doble cabeza, con su banda cruzada y su atributo -la espada, la flor, la alabarda-. Y hay comodín nuevo a juego.
Los siete reversos de la tienda se han redibujado con la misma mano, así que el dorso de las cartas de la mesa y la cara de las tuyas vuelven a ser la misma baraja: el mismo filete doble temblado, las mismas volutas en las esquinas y, en el medallón, los mismos cuatro palos que llevan las cartas. Cada reverso conserva sus colores y su trama, que es lo que distingue a uno de otro; lo que cambia es el dibujo, no lo que compraste.
Ningún trazo tiene grosor constante y ninguno es exactamente igual a otro: cada carta se dibuja con su propio pulso. Es lo que hace que la baraja no parezca salida de una máquina, que era justo lo que parecía.